Empezó a ser consciente del suave roce de las sábanas. Sus músculos se contraían tímidamete, todavía sin fuerzas. Se encontraba en ese término intermedio entre lo ficticio y la realidad. El sonido de la televisión la aturdía y la luz de la pantalla se colaba a través de sus parados dibujando colores en la oscuridad. Estiró la mano, buscando a tientas sobre el colchón. ¿Dónde estaba? Se incorporó sin pensar, asustada. Y se relajo al segundo siguiente. Allí estaba él. Su lenta respiración la tranquilizó. Sintió un calor enorme en su corazón y se tumbó a su lado de forma que sus manos se rozaban levemente. En ese momento se sintió la mujer mas afortunada del mundo. No necesitaba nada mas para ser feliz.

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